Universidad
Politécnica de Madrid

Un taller inclusivo de jardinería

Un proyecto de innovación educativa reúne a estudiantes de la ETSIAAB y jóvenes con TEA para crear juntos un jardín vertical.

12.06.19

Saber comunicar y trabajar en equipo o afrontar las contrariedades con imaginación son habilidades cotizadas en cualquier profesional, al margen de sus conocimientos técnicos. Profesores de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Agronómica, Alimentaria y de Biosistemas (ETSIAAB) han desarrollado durante este curso un proyecto de innovación educativa que buscaba mejorar en los alumnos este tipo de competencias denominadas transversales. Pero en su caso el reto iba más allá al incorporar un componente social. La propuesta consistía en crear un pequeño jardín vertical en colaboración con un grupo de jóvenes con trastorno del espectro del autismo (TEA).

“Estos chicos no tienen generalmente la oportunidad de comunicarse con otra gente de su edad porque suelen estar siempre con profesores y familiares mayores”, explica Ana Centeno, corresponsable de la coordinación del proyecto, titulado Aula-taller inclusiva de jardinería. De esta circunstancia surgió la idea de reunir a unos y otros para “que simplemente tomaran contacto y participaran en una tarea tan sencilla como poner plantas en una maceta”. A la iniciativa se sumaron 15 estudiantes de la ETSIAAB, pertenecientes a los grados en Ingeniería Agrícola y en Ingeniería y Ciencia Agronómica, que aprendieron primero cómo realizar un jardín vertical para luego transmitir las nociones básicas a los jóvenes con TEA. El lugar elegido fue el Aula Verde Invernadero (AVI), ubicada en los Campos de Experimentación Agronómica.

Antes de ponerse manos a la obra, profesores y alumnos acudieron a la sede de la asociación Aleph-TEA para conocer la diversidad del colectivo con el que iban a tratar. Aunque comparten las dificultades en la interacción con los demás y en la flexibilidad del pensamiento y la conducta, no hay dos personas con TEA iguales, como bien pudieron comprobar durante las sesiones posteriores en el invernadero. La disparidad depende en gran medida de si hay o no una discapacidad intelectual asociada, así como del nivel de destreza motora y del desarrollo del lenguaje en cada persona afectada por este trastorno de origen neurobiológico.

Aprender estrategias de comunicación resultaba básico para el trabajo en común. En opinión de Jorge Rebollo, preparador laboral de la asociación, lo mejor es mostrarse natural y ser creativo. “Si ves que de una forma no te entienden, buscar otra manera; ofrecer ejemplos, dar la información no solo verbalmente sino también visualmente”, aconseja. De estas dificultades da prueba Laura López, una de las alumnas participantes en el proyecto. “Lo que más cuesta es que presten atención”, admite. Algunos casos resultan particularmente complicados. “Saben que les estás hablando, pero no llegan a hacer la acción que les pides”. Y son estos contratiempos los que obligan a los estudiantes a desarrollar sus habilidades para lograr el entendimiento.

“Muchas veces la sociedad desatiende a las personas que están fuera de unos estándares llamados normales”, reflexiona la profesora Centeno. “Lo que intentamos con este proyecto es ver la realidad tal como es y adaptarnos nosotros a ella, no que la realidad se adapte a la sociedad, que es como generalmente se trabaja”. Y ¿qué podría considerarse un logro en este caso?, se pregunta. “Simplemente contactar: darle la mano a un chico, que te conozca y que te cuente que le gustan los pokemon o las margaritas. Eso creo que para ellos es muy positivo y para nosotros, evidentemente, enriquecedor”.

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Este reportaje forma parte del número de junio de 'Savia', el boletín de la ETSIAAB.